De las cinco vocales que
hay en el alfabeto
prefiero la letra i de
cabellos largos,la más claridad y absoluta
como los avisos de las carreteras,
con ella o se acierta a la manzana
o la manzana se devuelve
para dar un flechazo en la nuca;
esta es la i que se derrama entre consonantes inútiles,
la que antes de la hora del té
hojea revistas que no me interesan;
la i de las escenas casi borrosas;
todo por amor a las vocales,
sin una queja, se ven caer los soldados
en los campos de Flandes;
ridículo me veo en estos lances:
extiendo una mano hacia atrás,
con la punta de mis dedos
cojo el pasado que nunca fue mejor,
aquel hilo invisible que paso por mis ojos;
con la otra mano alcanzo el futuro;
como si quisiera aplaudir lo prohibido:
a la que canta
en el coro de una iglesia,
repliego ambas manos, lo ideal en nuestros días,
lo que corresponde a mi rudeza,
que al juntar las manos del aplauso
salga volando un pájaro;
pongo los puntos sobre las íes,
pienso: un día hallaré la i perfecta,
la i que por toda una vida he buscado;
la i como el trébol de cuatro hojas,
la i que me acostumbra a vivir dentro de otra i,
la que viaja sobre el cielo azul
dentro de una ballenita,
la que aborrece los textos ambiguos,
la i que no dice nada cuando le quito
el vestido que la cubre.
[©Eduardo Embry, desde Inglaterra]