sábado, 2 de julio de 2011

Diez mil libros, todos hablan de ti



Ya sabes cuán pequeña es mi casa,
ninguno de los vecinos que viven en esta cuadra
tiene tantos libros como yo,
carpetas y carpetas
llenas de documentos
del alquiler,
de las cuentas y avisos en rojo
de la compañía del gas, de la luz y del agua;

ya sabes cuánto orgullo siento
de mis libros que se amontonan por todas partes,
de tantos que hay, no cabe ni un alfiler,
impiden que las plantitas crezcan
y que el gato, por lo menos, tenga 
una cama cómoda donde dormir; 
son tantos los libros que hay
que si yo me pusiera a contarlos – no me sorprendería
si alcanzaran a diez mil,
es decir, diez mil libros que guardo
en una casa tan pequeña,
como si diez mil todos a la vez
hablaran sólo de ti.
 


Amor a los cerros de Chile




De recorrer a pie estos montes,
verdes llanos y precipitados ríos,
tengo el corazón hecho una lija
que raspa la piedra y forma mis
sentimientos de amor a esta patria;
aquí me arrodillo; que venga,
que no se detenga aquel
de boca grande y me diga que estos
versos no son de su agrado, eso,
me importa un pepino; pues desde
estas tierras bajas doy un salto,
alcanzo la cima, doy un beso
a las viejas nubes muy altas;
quiero acurrucarme en el pecho
de la más gorda del barrio, la que vende
sopaipillas calientes cuando llueve,
la que se va con el Eugenio (que es
el gallo que lindo le canta con la guitarra),
los versos que le manda
son camas blandas que flotan,
como flores se van por el aire;
ya se van, ya se están yendo,
han subido a un caballo, con sus piernas
abiertas, como un alicate
presionan el lomo del animal que no corre,
pero vuela, y el galán que lo sabe todo,
la lleva recto
por el camino de la posada del tuerto
que por amor a los cerros de Chile,
ofrece colchones tibios para iracundos
que como perros, se muerden,
uno al otro, se comen;
cómo me gustaría a mí
acurrucarme en el pecho de la gorda
la que vende
sopaipillas calientes cuando llueve.